EL JARDÍN
Mi madre tenía un amplio jardín en un costado de la casa. Lo cuidaba primorosamente, dedicándole las mejores horas del día como una parte fundamental de su existencia. Todas las mañanas saludaba a sus flores con una sonrisa y las acariciaba tiernamente, y les quitaba cualquier hierba mala que estuviera acechándolas. Ellas parecían celebrar alborozadas la presencia de mi madre. Había una gran variedad: rosas chinas, gladiolos, geranios, claveles, crisantemos, margaritas, dalias y otras especies que adornaban el año entero nuestra casa. Las personas que nos visitaban no podían evitar la fascinación del jardín, y ella sentía un orgullo muy particular, cercano a la felicidad. Era como su mundo propio. Nadie podía ingresar al jardín sin su consentimiento. Una vez, persiguiendo los colores de una mariposa, me extravié en sus laberintos, y ella me rescató de un brazo, y llena de horror y de indignación me advirtió que no volviera a intentarlo. Tampoco permitía que sus flores se vendieran. “Son mis hijas – solía decir- y siendo mis hijas, ellas no tienen precio”. Solamente cuando alguna amiga suya o un buen vecino fallecía, sus manos se atrevían a violentar el jardín. Con tristeza infinita, piadosamente, solía arrancar las flores hasta completar un ramo de diferentes colores, y personalmente las llevaba y depositaba sobre el pecho del difunto. Mi padre le recriminó muchas veces por esta mezquindad, pero ella solía defenderse diciendo que en este mundo solamente el jardín era suyo.
Un día mi madre decidió marcharse y tuvimos que regar sus flores con nuestras lágrimas. Todavía la recuerdo yéndose, impávida, por el largo camino del pueblo, con todo el jardín encima.
Santos Vergara
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